Me sorprende y enorgullece el progreso que tuve en mi escritura durante el último mes. Logré terminar tres relatos que estuvieron pendientes casi dos años. En parte porque escribí otros en su lugar. Pero sobre todo porque aún no tenía todas las herramientas literarias para desarrollarlos como quería.
Una de las cosas que he aprendido mientras trabajo en esta antología, es que leer es indispensable. No solo leer lo que nos gusta, sino también explorar otros autores para comprender su estilo. Leer a Juan Rulfo no hará que escribas como él. Pero sí te permite asomarte a su visión del mundo, como en este fragmento de Talpa.
“Nunca había sentido que fuera más lenta y violenta la vida como caminar entre un amontonadero de gente; igual que si fuéramos un hervidero de gusanos apelotonados bajo el sol, retorciéndonos entre la cerrazón del polvo que nos encerraba a todos desde arriba. Solo a veces, cuando cruzábamos algún río, el polvo era más alto y más claro. Zambullíamos la cabeza acalenturada y renegrida en el agua verde, y por un momento de todos nosotros salía un humo azul, parecido al vapor que sale de la boca con el frío. Pero poquito después desaparecíamos otra vez entreverados en el polvo, cobijándonos unos a otros del sol, de aquel calor del sol repartido entre todos”
No se trata solo de decir que eran muchas las personas que caminaban bajo un sol abrazador por un camino de terracería. Sino de cómo Rulfo usa las palabras para transmitir esa experiencia física: la cabeza «acalenturada y renegrida», el «humo azul» que se eleva al contacto con el agua. Esa precisión sensorial es lo que vuelve vívida la escena.

También he recurrido a la escritura de Sara Mesa para evitar que mis descripciones se conviertan en una lista interminable. O que la historia quede estancada en un monólogo interior demasiado largo. Sara Mesa es magnífica al construir entornos en movimiento, como en este fragmento de Cicatriz:
“Ahí está, dice él. Señala el edificio más alto de la avenida, un bloque de dieciséis plantas viejo y rojizo, con desproporcionados alerones y pequeñas ventanas que espejean bajo el sol.
Se detienen en la acera de enfrente y alzan la cabeza para mirarlo.
Junto a las señales del abandono —cristales rotos, persianas descabalgadas, antiguos anuncios de alquiler—, se distinguen carteles de oficinas aún en funcionamiento: un bufete de abogados, dos auditorías, dos asesorías fiscales, una academia de idiomas.
Como te dije. Está casi vacío, murmura. Ella asiente en silencio. Cruzan la calle.
El interior es oscuro y está recalentado. En el vestíbulo flota una especie de polvo en suspensión que les hace carraspear. El color del enlosado palidece en el centro, donde debido al uso ha perdido el brillo. Tras su mostrador de madera, el portero no les pregunta adónde se dirigen. Los observa inmutable, masculla un saludo y enseguida vuelve a bajar los ojos hacia un folleto de publicidad que escruta con detalle.
La pareja se monta en uno de los ascensores y pulsa el botón de la última planta. Ella mira hacia el suelo y los lados; él, casi inmóvil, la mira de frente…”
Conviene tener claro qué aspectos quieres fortalecer en tu escritura para orientar tus lecturas e investigaciones. Aun así, siempre recomiendo mantener la mente abierta y explorar distintos tipos de textos: cuentos, novelas gráficas, minificciones, ensayos, entre otros.
No existe un manual para ser escritora. Estudiar literatura y lingüística me ayudó a tener disciplina para leer e investigar, pero la narrativa exige encontrar tu propia voz en cada palabra. También requiere práctica, volver a comenzar las veces que sea necesario y, sobre todo, paciencia. Los textos necesitan tiempo para germinar, no solo en la mente, sino también en el papel.

Espero te haya gustado conocer un poco de mi proceso creativo. Me agrada compartir lo que hay detrás de este proyecto literario y creo que puede ser enriquecedor para quienes están escribiendo su primer libro.
Gracias por leer esta nota. No olvides dejarme un saludito en los comentarios.


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