No todo lo que da miedo se muestra completo. A veces basta un sonido, movimiento o ausencia, para que algo se desajuste. El brillo de las luciérnagas construye su inquietud desde ahí: desde lo que apenas se percibe
Hace poco releí El brillo de las luciérnagas, de Paul Pen, publicado en el 2013. La premisa parece sencilla: una familia que vive encerrada en un sótano. Sin embargo, la novela no está interesada en explicarse demasiado rápido. Prefiere hacer algo más incómodo: instalarte en la rutina.
Porque eso es lo primero que desconcierta: todo tiene reglas, horarios, pequeñas normalidades. Hay juegos, hay jerarquías, hay afectos. Nada de eso debería ser aterrador. Y sin embargo lo es.

La historia está contada desde la voz de un niño que no cuestiona lo que vive. O no del todo. Su mirada no es ingenua en el sentido clásico: no es dulzura,sino fractura y adaptación. Ha aprendido a nombrar el mundo con las palabras que tiene, aunque ese mundo esté incompleto.
Una ventana. Un límite. Desde donde el exterior se reduce a fragmentos e indicios de otra vida que nunca termina de revelarse. Es un mundo amputado. Y lo inquietante no es solo lo que falta, sino lo que han aceptado como suficiente.
Aquí aparece una de las capas más incómodas del libro: lo sexual como zona difusa, nunca del todo nombrada pero constantemente insinuada. No surge como un hecho aislado, sino como parte de una dinámica familiar donde los límites se han diluido. El problema no es solo lo que ocurre, sino la forma en que se integra a la normalidad.

Familia, infancia, cuerpo e intimidad en el brillo de las luciérnagas
En el brillo de las luciérnagas, no hay escenas construidas para impactar de forma directa. Lo que hay son gestos, cercanías, silencios. Relaciones que no terminan de explicarse, pero que tampoco parecen ajenas al sistema que rige el encierro. La sexualidad, en este contexto, no aparece como deseo, sino como otra forma de desajuste, como algo que debería tener un lugar claro y, sin embargo, se ha desbordado.
Esto intensifica lo siniestro: no hay una ruptura evidente entre lo permitido y lo prohibido. Todo coexiste bajo una lógica interna que se sostiene a sí misma. Y esa lógica no se presenta como monstruosa desde dentro.No hay un momento único donde todo estalla. Lo que ocurre es más lento: una acumulación. Una sensación de que algo ha estado mal desde el inicio, aunque no se haya podido nombrar.
No había mucha luz allá abajo, tan solo la de las bombillas desnudas que colgaban del techo. A veces pensaba en ellas como suicidas, cuerpos de cristal que se balanceaban ahorcados por un cable.

Es perturbadora la manera en que el texto administra la información. No oculta,más bien dosifica. Cada detalle cotidiano carga una segunda capa que no se revela de inmediato.Y cuando finalmente lo hace, no produce sorpresa, sino una especie de vértigo retroactivo. Como si el libro te obligara a releer lo que ya viste, pero ahora con otra luz.
El encierro familiar trasmite horror, porque no se presenta como un ente monstruoso. Hay cuidado, hay intención, hay incluso una lógica que intenta justificarse. No hay una ruptura clara entre lo humano y lo aberrante. Lo que hay es una zona gris perfectamente funcional.
El brillo de las luciérnagas no construye el miedo desde lo desconocido, sino desde lo deformado. Toma elementos reconocibles como: la familia, la infancia, el cuerpo o la intimidad, y los desplaza apenas lo suficiente como para que dejen de ser seguros. Como si bastara mover una pieza mínima para que todo lo demás se vuelva irreconocible.

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